Por qué la gente se opone a las vacunas

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Por Patxi Lázaro

El negacionismo vacuneril es uno de los fenómenos sociales más llamativos de la pandemia del Covid-19. Contra él, gobiernos y administraciones públicas reaccionan de una manera frontal, desplegando todos los recursos coercitivos permisibles en el Estado de Derecho: declaraciones oficiales, pasaportes sanitarios, restricciones de movilidad, recrudecimiento de la normativa, campañas antirrumores, desmentidos e incluso amenazas contra los diversos colectivos militantes que se oponen al designio de Leviathan. Como es de suponer, lo único que se consigue con esta respuesta es empeorar la situación e intensificar la escena de protesta, con el riesgo de que la escalada llegue a generar un escenario de motines populares. Esto se está viendo en países como Alemania y Austria, donde la oposición contra las vacunas es mucho más amplia que en España, tanto en número como en enconamiento y vinculaciones políticas. Ante este problema, conviene conocer las causas del profundo rechazo que las vacunas contra el Covid-19 suscita en diversos sectores de la población.

Entre esa ciudadanía que se muestra reacia a la inmunización artificial podemos distinguir tres sectores. El primero estaría compuesto por los típicos conspiranoicos, que ven en las vacunas un plan de George Soros para conseguir no se sabe bien qué oscuros objetivos de dominación mundial. Este sector no es nuevo en la historia de la sanidad pública. Existe desde que comenzaron las primeras campañas de vacunación contra la viruela en el siglo XIX. Se trata de una parte muy reducida de la población, apenas un 1%, y por ello no plantea problemas significativos para el Estado de Derecho. Hay una segunda categoría de personas, compuesta por gente de naturaleza instintivamente levantisca, que siempre se va a pronunciar en contra de la autoridad, independientemente de lo que esta disponga. Esta parte de la ciudadanía también es muy reducida, en torno al 1-2% de la población.

Finalmente, entre los que se muestran reacios a vacunarse, tenemos a un amplio sector de las clases medias, que no quieren inmunizarse porque desconfían de la eficacia o los efectos laterales de unos fármacos de reciente desarrollo, basados en una tecnología médica de RNA no suficientemente probada. Las motivaciones de esta gente son de tipo racional. Componen el sector mayoritario de la oposición antivacunas, llegando a sumar hasta un 20 o un 30% de la población de países como Alemania o Austria. Entre ellas se encuentran algunas figuras relevantes de la cultura y la política, como por ejemplo la Diputada del Parlamento Europeo Sahra Wagenknecht, de tendencia izquierdista. Contra esta parte de la población no valen las tácticas habituales de gestión del descontento colectivo aplicadas por gobiernos y partidos políticos. Contra alguien que está socialmente integrado, dispone de una educación e ingresos propios, y no quiere vacunarse por creer tener buenas razones para ello, de nada sirven la demagogia, las amenazas ni las campañas de descalificación en los medios.

De este modo se crea un círculo vicioso que retroalimenta el conflicto. La presión ejercida desde la autoridad intensifica la reacción contra la misma. El único resultado previsible de esta dinámica es un conflicto social a gran escala, con disturbios callejeros, enfrentamientos con la policía y una pérdida generalizada de confianza en las instituciones del Estado de Derecho. Si los gobiernos europeos, después de haber fracasado estrepitosamente en la gestión de la crisis del Covid-19, aspiran a resolver este nudo gordiano de las vacunas, no les queda más remedio que cambiar el encuadre del problema.

En general, con respecto a las vacunas, se debería adoptar el mismo criterio que desde hace décadas aplica la administración sanitaria en relación con los antibióticos: no permitir su uso indiscriminado para evitar la pérdida de eficacia de las mismas, y limitarlas a los colectivos más vulnerables: personal sanitario, policía, residencias de la Tercera Edad, etc. Solo esto ya sería suficiente para desactivar todos los escenarios de oposición, e incluso lograr que muchas personas que hoy se muestran reacias, cambiaran de parecer con respecto a la decisión de vacunarse. También sería conveniente dejar de jugar a la carta de las vacunas como remedio prodigioso para la crisis del Coronavirus y considerar otras alternativas, como el desarrollo de fármacos para tratar los síntomas de la enfermedad. En un escenario de soluciones múltiples, libertad de decisión y llamamiento a la responsabilidad de la ciudadanía, seguro que los resultados serían mucho más beneficiosos que a través de ese autoritarismo burdo tras el que las clases políticas de nuestro tiempo intentan ocultar sus déficits de liderazgo y preparación.